Las armas si matan y eso pese a quien le pese

Por Guillermo Serrano

En inglés, elephant in the room («elefante en la habitación») es una expresión metafórica que hace referencia a una verdad evidente que es ignorada o pasa inadvertida. También se aplica a un problema o riesgo obvio que nadie quiere discutir.

Escribimos hace unos 7 años acerca de la matanza de niños en escuelas norteamericanas a manos de criminales que tienen acceso a las armas de todo calibre y hasta con licencia legal para tenerlas. Y titulábamos esa columna precisamente así: el elefante en la sala.

Porque en los Estados Unidos nadie quiere ver el problema de la tenencia de armas en manos de gente más o menos norma y en las manos de los otros, de los desquiciados mentalmente y de los mentalmente dañados con eso que se llama racismo. 

La segunda enmienda a la Constitución Norteamericana, aprobada en el año 1791, tiene que ver con un momento histórico de esa nación cuando se quería defender al pueblo de alguna tiranía y cuando las armas existentes se cargaban con pólvora y municiones pequeñas con un alcance muy limitado. Los constitucionalistas de la época no sabían que el mundo de las armas incorporaría lo que hoy tenemos en simples pistolas que pueden enviar 120 tiros por minuto…  

Pero hay más: y aquí tenemos otro aforismo que se aplica, “poderoso caballero es don dinero”. Porque la fabricación y venta de armas es un negocio sin pérdidas para empresas y empresarios que ha depositado en esta industria su fe (si es que practican alguna) y sus bienes.

Y después de la tragedia, aparecen todos los expertos en el comportamiento humano que pretenden hacernos creer que todo se debe a que el asesino no se tomó sus medicinas o que era un antisocial.

El artista plástico, Okuda San Miguel (español) presentó una exposición en Barcelona en 2018 y una de sus obras titulada el “Vómito del Universo” presenta a un hombre que hace precisamente eso: vomita ante, quizá, lo que le hemos hecho a la convivencia entre los seres humanos. No pude resistir la tentación de sacarla una foto que acompaña este artículo.

Las lágrimas de un político no le traerán de vuelta a la vida a esos niños y familias cuyos sueños y juegos solo entienden los que tienen la misma edad. Tampoco habrá lágrimas que consuelen a las madres y padres que han visto parte de sus vidas arrancadas para siempre.

Tampoco los predicadores del amor y del perdón traerán el consuelo para los que han visto sus vidas cambiadas para siempre al ser testigos de la sinrazón de seres humanos que se creen dioses con el poder de terminar con las vidas de otros seres humanos solo porque su color de piel o su acento es distinto.

Uno de los antiguos profetas (Jeremías) habla del dolor que experimentan los que han visto partir a los suyos: El Señor dice: «Se oye una voz en Ramá, de alguien que llora amargamente. Es Raquel, que llora por sus hijos, y no quiere ser consolada porque ya están muertos.»

Como aquellas madres que no deseaban ser consoladas, éstas tampoco podrán encontrar un motivo de consolación.  A menos que Dios intervenga en sus vidas y aplaque su dolor para que puedan vivir con los recuerdos de esas almas que trajeron alegría y sueños a sus vidas.

Esa es nuestra oración hoy.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *