Nuestra democracia vale un comino

Por el periodista Elmer Villalobos/Foto: Carlos Rivera

La guerra, tal cual como la conocemos, fue la expresión máxima del cierre de los espacios de discusión y crítica que existían en el país en los años 70´s. Con el cierre de estos espacios por parte de gobiernos autoritarios, cuyo brazo fuerte fue la Fuerza Armada y los cuerpos de seguridad, la sociedad salvadoreña, en especial la clase media, abrió frentes de batalla que luego se convirtió en un movimiento guerrillero.

Los más de diez años de guerra continua dejó no solo 75 mil muertos, sino la sensación de entender que el país debía caminar por senderos de diálogo y de aceptación de las diferencias. Por años la marginación de la mayoría y la estructura carroñera de la oligarquía había sido el común denominador, pero con la guerra este caminar seguía siendo inviable y destructivo.

Fue hasta que Estados Unidos y la Unión Soviética pusieron fin a la guerra fría que en el país se entendió que la vía armamentista había llegado a su fin, y que solo la negociación entre las dos partes podía sacar a El Salvador de la ruina donde estaba.

Los acuerdos de paz llegaron con la firma en Chapultepec, México, ahí las dos partes se aceptaron mutuamente y privilegiaron el convivir en un mismo país, aún con sus diferencias, pero entendiendo que debían iniciar una nueva era marcada por el fortalecimiento de la democracia.

Fue así que se disolvieron instituciones de represión como la Policía de Hacienda y la Guardia Nacional, esto dio paso al surgimiento de la Policía Nacional Civil y el fortalecimiento de instituciones como la Corte Suprema de Justicia y la Fiscalía General de la República.

Con los acuerdos nació la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, cuya única función era vigilar que las instituciones del Estado no violaran los derechos de los ciudadanos, sean estos buenos o malos, ricos o pobres, hombres o mujeres.

La separación de poderes y el fortalecimiento institucional comenzó a dar pasos, aunque no a la velocidad que algunos esperaran, pero pasos al fin y al cabo. Creer que todos los problemas del país se podían resolver fue la premisa, sin embargo, la realidad siempre pone a la historia en su lugar.

Iniciada la era democrática, la mayoría de factores que habían propiciado la guerra estaban intactos. No obstante, los canales de comunicación y de expresión de la ciudadanía ahora estaban resguardados para evitar las violaciones y masacres del pasado.

Una vez aceptadas las reglas del juego, el FMLN se incorporó a la vida democrática del país y se convirtió en partido político. ARENA era la máxima expresión de los grupos de poder que dominaban el país desde las diferentes instituciones de poder, pero con la diferencia que su oposición era libre de decir y expresar sus opiniones libremente y cubiertas por su participación en el Estado.

Fue con esta nueva era que se privatizaron las pensiones, se hizo la dolarización y se introdujo en Impuesto al Valor Agregado, golpeando nuevamente a la clase trabajadora y permitiendo que grandes familias aumentaran sus capitales.

Estas acciones llevaron al descontento de las mayorías, y poniendo en duda si realmente los acuerdos de paz habían servido en algo, sin embargo, todavía estaba el camino de la oposición, de aquellos que habían luchado por los derechos y la dignidad de los pobres.

Llegados en el poder a través de su candidato aoutsider, el FMLN abrió la oportunidad de un cambio, de un giro en la manera en cómo el Estado era visto como un ejecutador de las decisiones corporativas de las grandes familias.

Sin embargo, esa oportunidad se fue al traste debido al excesos de un presidente que habiendo tocado el poder se envileció con él. Funes fue todo lo que dijo que no sería, a pesar de tener una gran aceptación entre la clase popular. Por su parte, el FMLN aceptó a regañadientes la visión de Funes y simplemente dejó que pasaran sus años en el gobierno para poner a su hueso duro, con quien, en el papel, sería que llevara los planes concretos de la comandancia.

Sánchez Cerén terminó cediendo su poder a su consejo de ministros y la cúpula política del FMLN, y con ello abrió la puerta para la corrupción y la violación de los derechos humanos a través de los juicios extrajudiciales contra las maras. Su falta de coherencia entre el discurso y los hechos terminó por caldear los ánimos de una sociedad sedienta de oportunidades para desarrollarse plenamente.

En medio de este embrollo apareció un “paladín de la justicia”, quien denunciaba todos los abusos de los últimos 30 años, uniendo a los dos grupos en uno solo, “los mismos de siempre” y dando una respuesta a la incapacidad de cambio de las estructuras partidarias “el dinero alcanza cuando nadie se lo roba”.

Bukele le dio protagonismo a la gente “haremos historia” y les propuso una meta, sacar a los partidos del camino y dejarlo a él, si, solo a él, a hacer los cambios que la sociedad demanda. Se vendió como un personaje con una mentalidad fresca y pop. Lentes, casual, cachucha y jeans al estilo de una figura de rock.

Aunque en el camino de su ascenso se vieron sus grietas, nadie les dio importancia, al fin y al cabo las grietas de los “mismos de siempre” eran mayores que las de él. Su excesivo protagonismo, populismo e incapacidad de diálogo se notaban a simple vista, pero la población prefirió ver a otro lado.

Su discurso confrontativo y deliberante era especialmente aceptado por una sociedad por naturaleza violenta y vengativa. Bukele les encontró el lado y fue ahí donde más trabajo con su gran maquinaria comunicativa.

Las elecciones del 2019 puso fin a un bipartidismo que había aguantado todo tipo de tormentas, aunque ahora era un huracán que los marginó a un segundo puesto que nunca esperaron.

No pasó mucho tiempo para que el presidente Millenial y cool mostrara su cara más oscura, la de un dictador que no es capaz de aceptar las reglas de juego de la democracia salvadoreña. Con un intento fallido de golpe de estado a la Asamblea Legislativa Bukele demostró su esencia y esta no tardó en darle la vuelta al mundo.

Día con día el espíritu antidemocrático se fue percibiendo, tomando una postura de lucha contra la oposición, denigrándolos y llevando al punto de exacerbar las emociones de una población que desea mandar a la hoguera a quienes por años no cambiaron su realidad.

La llegada del COVID19 también desnudó lo que ya se sabía, Bukele no tiene un plan y, lo peor aún, no tiene gente para crear uno. Sus funcionarios no son técnicos en sus ramas, son solo súbditos que mueven la cabeza al son de la música que el presidente toca.

Ya el país era presidencialista, pero con Bukele este llegó al extremo, al punto que ningún funcionario da declaraciones sin primero fijar la vista al twitter del presidente para saber cuál es su posición o su postura, según el ánimo del momento.

Para Bukele solo importa él, en su mundo, las resoluciones de la Sala de Constitucional son solo meras recomendaciones, la postura del Fiscal es un cero a la izquierda y las leyes que salen de la Asamblea solo una forma de mantener su constante clima de confrontación que tanto beneficio político le ha dado. En fin, nuestra democracia vale un comino.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *