El Nobel de la Paz hace justicia

Por: Guillermo Serrano.
Es posible que el Premio Nobel (en general, en sus diversas acepciones), haya caído a veces en descrédito, al otorgarse a personas que a lo mejor no se lo merecían…
Sin embargo, hoy, parece que el Nobel vuelve a sus cauces originales, al destacar a María Corina Machado, una mujer valiente, y defensora de los derechos humanos y políticos –que, en su país, Venezuela—simplemente “no marchan”.
¿Por qué en el mundo, pareciera que corremos en una búsqueda infantil por sistemas políticos autoritarios, que eliminen los derechos ciudadanos, al no respetar a los que hemos elegidos y, que buscan la manera de no mantener en el cargo a aquellos que hemos elegido democráticamente?
Bueno, esa, es una tarea para sociólogos y psiquiatras que a veces, aciertan en diagnósticos que, a nosotros, ciudadanos de a pie, se nos escapan.
Pero hay otra pregunta, que siempre se relaciona con lo anterior: ¿por qué algunos que gobiernan, se creen los elegidos por los dioses para estar allí, a cargo de unos ciudadanos “que no saben distinguir entre su mano derecha y su izquierda”?
Ah, y hay más: ¿por qué esos elegidos por los dioses desean mantenerse en el poder –como diría el cura del pueblo en su sagrada misa—per saecula saeculorum? Porque también esta idea de eternizarse en el poder, es tarea de aquellos que se dedican a explorar la mente humana.
“El Premio Nobel de la Paz 2025 se otorga a una defensora de la paz valiente y comprometida, a una mujer que mantiene encendida la llama de la democracia en medio de una oscuridad creciente”, afirmó el comité al anunciar el premio.
Desde esta columna, felicitamos al Comité Noruego, que otorga los Nobels, porque esta vez han acertado en reconocer a una mujer que ha sacado la voz, por un pueblo que está sometido a las arbitrariedades de gobernantes autócratas que hasta se dan el título de elegidos por poderes superiores.
María Corina Machado nos representa a todos los que vivimos bajo regímenes políticos que persiguen a los que no pensamos como ellos y que deseamos los espacios de libertad para creer lo que queramos y para vivir como queramos, sin la tutela de –al decir de George Orwell, en su profética novela “1984”—un “hermano mayor”, que diga y decida por nosotros cómo tenemos que vivir y hasta donde podemos llegar en eso que llamamos libertad.



