Koeman resucita de entre los muertos antes del clásico

Hacía tiempo, mucho tiempo, que el Barça no causaba semejante desinterés en su afición, semejante dejadez de sus socios, lo que redunda decididamente en la idea que no sólo el equipo, sino el club, necesita un revulsivo. Es verdad que el desánimo general es atribuible a la degradación que han implicado las presidencias de Sandro Rosell y Josep Maria Bartomeu, pero este Barcelona es también el final de trayecto de la indigencia intelectual, moral y espiritual de sus socios, de modo que si una banca de inversión judía se hace con la propiedad del club no sería sólo lo justo sino lo conveniente.
No hay ningún barcelonismo de los actuales socios de la entidad, ningún amor a los colores, ningún patriotismo que pueda compensar su suma estupidez, su torpeza histórica, su pésimo gusto, su error sistemático cada vez, o casi cada vez que ha sido llamado a las urnas.
Y además es lo que hay, lo que se está preparando. En menos de 10 días deberemos más de 2.000 millones de euros a los inversores judíos, poco acostumbrados, como así tiene que ser, a perdonarle nada a nadie. El equipo, en cualquier caso, daba la razón a la afición que se ausentó en el estadio y, pese a dominar el juego, ofreció una imagen caótica, poco talentosa, vulgar, basando su juego en centrar balones al área, el típico recurso barato de los equipos menores y sin imaginación.
El público se animó cuando Koeman mandó calentar a Ansu, y tal ánimo se concretó en el terreno de juego de manera casi automática y Piqué abrió el marcador de un durísimo remate. La euforia del gol no evitó que el respetable continuara pitando al exdelantero del Sevilla y tal vez por ello fue sustituido tras el descanso por Coutinho. Ansu entró por Mingueza.
Tras estos destellos, el partido transcurrió sin pena ni gloria, sin ninguna emoción, y sólo la entrada del Kun devolvió algo de nervio en la grada. Este grito de ‘Kun, Kun’ tiene algo de tam-tam selvático y se parece en el sonido a otros gritos proferidos por la grada que han sido considerados ofensivos. No pasó nada más, ni bueno, ni malo, ni regular, el Barça controló el partido sin crear nada especial, pero sin ponerse en riesgo, y mostró algo más de madurez que en otros partidos en que tuvo que administrar una victoria por la mínima, no siempre con tanto éxito.
Con la victoria contra el Valencia y la de este miércoles, más fácil y menos meritoria, pero al fin y al cabo victoria, e importante, porque mantiene vivo al equipo en la Champions, Koeman ha sido capaz de ganar un crédito que todo el mundo daba por agotado.
Contra el Dinamo el equipo no brilló, pero cumplió, que es mucho más de lo que esperábamos de este equipo hace poco más de quince días. Laporta respira, los que tenemos en Koeman a nuestro ídolo despejamos contradicciones, y en este vivir al día culé, bastante miserable comparado con otras épocas no tan lejanas, pero que por lo menos no es la absoluta depresión de hace un mes, tenemos un cierto derecho a afrontar la visita al Bernabéu con algo de ánimo. Y algo, también, aunque sin pasarse, de esperanza.



